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Ateísmo, religión y moral

Mucho se ha dicho en torno al tema de la moral y la ética. Según la mayoría de las personas, los ateos no podríamos ser personas morales por carecer de religión. Sin embargo, esta perspectiva no corresponde con la realidad. Muchos de quienes se dicen creyentes han sido algunos de los más grandes tiranos, mientras que muchos de los mayores descubridores y científicos de los últimos tiempos han sido incrédulos o declaradamente ateos.

Desde hace tiempo se sabe que existe una relación entre religión y moral. Sin embrago, se desconocía si esta relación era necesaria y de doble vía. Ahora se conoce que por u lado, la moral poco o nada tiene que ver con la religión. Esto debido a recientes descubrimientos (y otros no tan nuevos). Entre los viejos tenemos el proceso de doblepensamiento, el cual hace que pensemos de una forma y actuemos de otra, según como sean nuestras necesidades, mediante un proceso de adaptación dinámica. Por otro lado, entre la confirmación de lo que muchos veíamos como un secreto a voces: Que en última instancia, la religión y la moral no tienen nada que ver, menos aún dependen una de la otra.

Puede sonar extraño, pero así es. Y suena especialmente raro a oídos de quien tiene fe en cualquier suerte de dioses y/o realidad suprafísica. Sin embargo no hay duda: La moral es muy anterior al advenimiento de las religiones primarias, no ya al de las organizadas, mal llamadas por algunos “superiores. Esto se deriva de los recientes estudios en campos novedosos y muy prometedores del quehacer científico. Entre estos tenemos a la neurociencia, la psicología evolutiva, la psicología moral experimental, la neuroteología, etc. Algunos artículos referentes a estos temas son:

1. La experiencia religiosa sería una anormalidad eléctrica en el cerebro. Ver aquí y aquí.

2. La moral no tiene que ver con la religión, sino que esta última sería un subproducto de la primera. Ver aquí.

Ante estas investigaciones, se con firman las sospechas de los incrédulos, y se derrumba la antigua visión beatífica del creyente como único sujeto conciente de derechos y deberes morales. Sin embargo, aún con todo, no es suficiente para eliminar el estigma que todavía pesa sobre los ateos.

La antigua leyenda urbana que versa sobre la correspondencia entre religiosidad y moral está llegando a su fin. Sin embargo, no tocará su ocaso sin dar fiera pelea, sin llevarse para siempre a muchos que, cerrando sus ojos de una vez y para siempre ante lo real, prefieren vivir su vida irresponsablemente, dejando en manos de un dios sus deberes para con el mundo y para consigo mismos. Ese es el verdadero peligro. Quienes ponen lo sobrenatural como centro de su vida están extraviando al mundo y extraviándose a sí mismos, al propagar la idea de que la fuente de la moral, y por ende, el significado de la vida, se encuentra fuera de uno mismo y de la realidad en que se vive. Esta visión del mundo es en la que están envueltos todos aquellos que profesan algún tipo de fe. Esto es especialmente cierto en el caso de los cristianos, judíos y musulmanes, y mucho más en los cristianos que en ningún otro grupo.

Las alusiones al demonio y sus secuaces hacen que la vida tome un aspecto sombrío, al estar condicionados a a la influencia de seres de ultratumba que, sin dar ninguna prueba objetiva de su existencia, se afirma que tienen la capacidad de dañar en gran manera. Locura, enfermedades varias, posesiones, y todas aquellas experiencias que se encuentran más allá de toda posible comprobación son solo algunos de los males atribuidos a estos supuestos entes poderosísimos, de los cuales, fuera de la mitología teísta, nada se sabe.

En la antigüedad se creía en toda suerte de seres con poderes para hacer tanto el bien como el mal. Seres con poder sobre la vida y la muerte. Incluso los dioses podían morir. Ahora, a pesar de que el avance científico ha derribado tantas barreras y roto los límites de nuestro saber, persisten todavía estos seres de la edad de bronce. ¿Por que será?

Dejar la responsabilidad de las propias acciones en las manos de un dios cualquiera, y culpar del mal recibido a los demonios es tomar la salida más fácil y rápida para evadir nuestras responsabilidades y evitar sentirnos culpables por nuestras malas acciones. Esta es la perspectiva desde la que una persona creyente enfrenta el problema de la existencia. De mas está decir que es la forma más sencilla que existe para olvidarse del compromiso personal y los deberes con los otros.

Sea como sea, quien tiene fe seguirá creyendo que lo que hace está bien, y que el resto del mundo se equivoca. Por suerte, la moral es independiente de la religión, por lo que se puede llegar a un consenso básico con la mayoría del mundo en cuestiones de derechos humanos y ética. Es con base en este compromiso que se extienden las relaciones diplomáticas. Y no solo estas, sino todas. Se asume que en todos los aspectos de la actividad humana se puede alcanzar un razonable consenso entre los muchos, de modo que se los beneficie también en gran manera, procurando en lo posible no desconocer la opinión de las minorías. Este es el principio de la democracia y de todo derecho humano.

Es por eso que es tan importante romper de una vez por todas la idea de una relación positiva entre religión y moral. Incluso se ha comprobado que existen patrones y estándares de vida más altos entre los países que implementan una forma de ateísmo orgánico en su sociedad, frente a quines eligen obviar el estado laico y declararse, de facto o de jure, estados confesionales. Entre los primeros se encuentra Japón, y entre los segundos EE.UU. Los índices de criminalidad de ambos países hablan por sí mismos. También se han comprobado relaciones inversas entre religión y criminalidad, inteligencia e índice de divorcios.

Este panorama nos habla de un nuevo concepto de moral. Uno que no dependa de los caprichos famélicos de quienes en su pequeño (o grande, a veces) puesto de poder se esfuercen en convertir el futuro en un decadente reflejo del pasado; sino del poder de la conciencia libre y sin barreras que puedan llegar a tener quienes se atrevan a pensar de forma libre y sincera, ajenos a dogmas arcaicos y pretensiones egoicas de loas o alabanzas a entidades etéreas que no se dejan ni nunca se han dejado ver.

2 comentarios:

Noé Molina dijo...


Excelente articulo Profana…

De verdad que eres un excelente escritor… te felicito; y el articulo extremadamente coherente. ¡Grandes verdades dices!

Te reitero mi apoyo y colaboración en lo que necesites..

Saludos

Alejandro dijo...

Me gustaría que reflexionaráis sobre una cuestión.

El ateísmo implica que todos nuestros actos están programados ya que somos simple biología. Si no tenemos alma el concepto de libertad no existe. Por lo tanto dentro del ateísmo la idea del bien y del mal no tendría sentido. No tendríamos que hacernos responsables de nuestros actos.

Yo creo que somos libres y que tenemos una responsabilidad moral sobre nuestros actos, eso me lleva a pensar que tenemos alma.

¿Qué sentido tiene pensar que soy libre si soy un conjunto de moléculas?

También habláis de las emociones. Yo creo que para poder razonar hay que hacer caso también a las emociones. Los sentimientos de amor, de odio, de envidia, de orgullo, son algo que no se puede medir en un laboratorio pero que existe y habrá intentar analizarlos de una forma no empírica.

un saludo a todos.

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