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Por qué soy ateo


Luego de largo tiempo he querido hacer un paréntesis y mostrar algo de mí. Casi a todos los ateos se les ha interrogado por la o las razones por las que no creen en ningún dios. Esto es casi una confesión, una apertura de parte de mi verdadero ser, una muestra de mi yo. Es un relato de lo que soy y por qué lo soy, y sobre todo cómo he llegado a ser lo que soy y a ser quien soy. En modo alguno esto se asemeja a una experiencia religiosa de desconversión traumática, ni tampoco a un lento caminar, errante y ermitaño, en busca de un sentido de la vida. Es mas bien el cómo evitar ser creyente en una sociedad que casi por completo te lleva a ser poco más que un número, sea para fines políticos (ciudadano mayor de edad) o religiosos (feligrés, en el que en todas la edades sirve, en especial en la juventud. No por nada los llaman “pescadores de hombres” –aunque suene manipulador o gay–). Y como cuanto mayor es el número, mayor es el sentido y sentimiento de masa, por lo que esta también es la historia de cómo evité formar parte de la masa.

Este post se podría haber llamado de cualquier otra manera, que para el caso da lo mismo: “Por qué no soy cristiano” (muy a lo Bertrand Russell, pero y había usado ese título en otro post), “Por qué no soy teísta” (al estilo del llamado “ateísmo vergonzante” o agnosticismo), “Por qué no creo en dios” (con minúscula, pues no es nombre propio, y aunque la RAE lo reconozca como una forma de llamar al dios cristiano –y por ende se le tenga que poner mayúsculas– en realidad es solo uno de los tantos errores que se cometen en nombre de la fe, la tradición y la cultura cristianas; además esta oración implica sin pruebas que la negación de dios también es una creencia, concepto totalmente equivocado pero muy popular y utilizado por el lobby cristiano), “Por qué niego a dios” (negación escéptica), “Por qué afirmo la inexistencia de dios” (pregunta que probablemente haría un agnóstico más que un creyente, intrigado por el sustento de tamaña afirmación –afirmación de segundo grado o condicionada, en este caso por Onus Probandi y el principio de primacía del escepticismo, que entre muchas cosas nos dice: ‘Lo que se afirma sin pruebas puede rechazarse sin pruebas’–), “Por qué no soy uno de los ‘perros infieles de occidente’” (muy al estilo musulmán, y lastimosamente no lejos de su verdadero sentir contra nosotros), o “Por qué estoy ateo” (como leí a un pastor en una publicación cristiana, diciendo que el ateísmo es un estado pasajero y/o ‘curable’, comparándolo literalmente con una enfermedad o un estado de ánimo). Todas estas formas de decir lo mismo divergen ciertamente, en algunos casos mucho, pero todas tienen el mismo sentido: Explicar por qué no creo en lo que la mayoría ha dado a llamar “la única fuente de felicidad y de verdad absoluta”. Ahí les va:

Nací como casi todos, en una familia de corte católico. Mi padre proviene de una familia muy devota, mientras que mi madre es todo lo contrario, siendo mi abuelo materno un maestro masón, y por ende muy estudiado y erudito. El jamás se conformó con las explicaciones religiosas y fue uno de los que nos inculcó el hermoso y útil amor a la lectura. Podría decir que es agnóstico de corte ateo, aunque en algunos aspectos encaja más como ignóstico. Mi abuela materna es inconformista religiosa, nunca se inclinó hacia los cultos ni ceremonias, y a pesar de su creencia católica jamás fue de llevarnos a misa ni nada parecido. Mis abuelos paternos son bastante católicos, así como mis tíos por parte de padre. No son puritanos, pero sí muy creyentes. Pues bien, esa influencia era muy diversa, pero como pasamos mayor tiempo con la familia de mi madre que con la de mi padre, ergo se me pegó parte del carácter de mi abuelo paterno. Aparte de eso, la familia de mi abuela materna variaba entre católicos, adventistas, mormones y cristianos en general. La familia de mi abuelo tenía cierta rama judía, y nunca conocí a un musulmán en la familia. Esa es toda la variedad religiosa a la que fui expuesto desde el llamado “núcleo de la sociedad”.

Mis comienzos en el descreimiento comenzaron a los pocos años de vida. A los 8 años, si mal no recuerdo, le pregunté a mi papá de dónde había salido el dios cristiano (obviamente no con estas palabras, sino literalmente “Papá, ¿de donde salió Dios?”). “Apareció de una varita mágica” me dijo. Y le pregunté de donde había salido la varita. “Siempre existió” contestó. Extraña respuesta, poco ortodoxa, bastante herética y un completo flatus vocis, pero ahí terminó la conversación.

Luego, entre los 8 y 10 años mi hermana y yo hacíamos elucubraciones extrañas sobre el mundo espiritual: Creíamos que los santos podían volverse dioses si reencarnaban lo suficiente y evolucionaban su alma, que el dios cristiano podía ser un extraterrestre o un desconocido ente ultradimensional, etc. Entre los libros que leíamos estaban de todo. El primero que leí (completo) fue “La naturaleza inacabada”, que hablaba sobre evolución y biología, y “El telar mágico”, que se centraba más en el tema evolutivo, pues el primero entraba más en el ámbito de la genética. A los 10 años cumplidos me bauticé como católico por deseo de mi padre, y como en ese entonces no tenía poder de veto, no hubo nada que hacer.

Como entre los 11 y 12 años mi mamá nos llevó a mi hermana y a mí (aún no había nacido mi hermano menor) a un tour religioso: Fuimos a diferentes iglesias, nos informamos y conocimos sus creencias. Fuimos a algunas muy insistentes como la de los mormones. Conocimos varios grupos cristianos, muchos en realidad. Conocimos a los testigos de Jehová por su predicación cotidiana, mi abuela siempre les cerraba la puerta, mientras que a mi abuelo siempre le dejaban sus revistas. A esa edad ya empezaba a dudar de la religión, y sobre todo del concepto de dios. Nunca fui religioso, solo iba a misa por obligación (cuando nos visitaba mi bisabuela, muy anciana y de delicada salud, se alegraba de que la acompañáramos; cuando moría un conocido de fe católica; entre otras situaciones extremas). A esa edad no solo dudaba seriamente de la religión organizada (aunque no es sino hasta ahora que soy anticlerical) sino del concepto de dios, el cual me parecía superfluo y muy chapucero. Siempre me pareció que dios, tal como se lo figuran en la biblia, es demasiado parecido al hombre como para ser realmente un ser divino. Es demasiado humano. Uno esperaría una muestra de sabiduría infinita y no una sanguinaria sed de venganza, cual si fuera un indio tribal. Y esa es exactamente la imagen que tenía, según todos mis estudios, del dios cristiano.

También conocimos muchos cultos de extremo oriente. Entre ellos destacan los Hare Krishna, los cuales son vegetarianos y extraños. Aunque no me sorprendió la diferencia cultural, me pareció extraño el hecho de que se sacrificaran (o santificaran) los alimentos antes de comerlos, para ofrecerlos a Kríshna. Le pregunté al sacerdote, pues me dijo que eso se hacía y que así la ofrenda llegaba a Kríshna, que cómo es que comía Krishna, pues solo se podían comer vegetales, y sus acólitos eran relativamente pocos. Pensaba que tal vez ese dios tendría hambre y ganas de un buen bistec. El tipo se rió y me dijo que Krishna tenía más vegetales para comer que los que se le sacrifican. Y me pregunté: “¿Entonces para qué se le sacrifican vegetales?”.

A los trece años entré en la secundaria. El año anterior se daba el curso de religión (obligatorio en todo el país) por un profesor que enseñaba historia de la religión. Tuve la mala suerte de que cuando comenzó el año académico cambiaron al profesor el párroco de la localidad, por lo que se nos enseñaba únicamente religión católica. Nada de historia del cisma, la reforma, la contrarreforma, Lutero, Calvino, albigenses, catrujenses o cátaros, valdenses (también llamados anabaptistas o bautistas, que sobreviven hasta hoy) monofisitas, arrianos (como los testigos de Jehová), nestorianos (como los musulmanes), etc., que tuve que aprender por mi cuenta. En ese curso confirmé lo que ya sabía: Que era ateo. Dicha confirmación vino en la forma de una fotocopia, en la que estaban las 5 vías de Aquino. Las leí y las encontré incoherentes, ridículas, ilógicas y fácilmente refutables. Desde ese entonces siempre me presentaba como ateo, pues desde un poco antes lo era, pero tenía que saber si efectivamente los supuestos argumentos de la fe eran convincentes, fuertes o por lo menos no tirados de los pelos. Y mi sorpresa fue grande cuando me di cuenta que todo lo que había pensado ya lo habían pensado otros grandes pensadores de la historia, e incluso de la misma forma que yo. ¡Qué puedo decir!, siempre fui muy intuitivo, y mi mente es muy matemática (participé en varios concursos escolares de matemática y lengua a nivel regional), de modo que fácilmente encontré las incoherencias, peticiones de principio y supuestos indemostrados en los dogmas religiosos y en los que afirmaban no serlo. A los 13 años ya me sabía ateo, y no hubo en ello ninguna conversión forzosa, ninguna revelación sobrenatural ni ninguna experiencia traumática, solo pasé de ser católico forado y no practicante a escéptico básico (jamás pasé por la etapa del agnosticismo ni del ignosticismo), y luego a ateo convicto y confeso.

No hubo milagros, pero sí coincidencias interesantes. En la secundaria mi hermana conoció a un chica budista, la cual nos habló de su religión y nos interesó mucho. Me enteré por ella de la filosofía budista como realmente es, no como la pintan quienes ignoran tan admirable religión, de gran valor e integridad intelectual. Bud, un príncipe que buscó el conocimiento, me recordaba a mí mismo, y descubrí que al igual que yo había llegado a la conclusión de que este universo no había sido creado, sino que había evolucionado; que los dioses no eran mas que inventos de la gente que representan las fuerzas de la naturaleza y las “funciones de la vida”; que la gente siembra lo que cosecha (la ley del karma aplicada a escala antrópica y física); que no existe un espíritu inmortal (el concepto de reencarnación budista no es el mismo que el hindú); que no debemos creer en nadie solo porque lo diga, pues Buda mismo dijo que no deberíamos creer en nada de lo que diga si aquello que dice no es lógico y está de acuerdo a nuestro sentido común ni a nuestro razonamiento (el budismo supone, a diferencia del cristianismo, que el individuo es perfectamente capaz de tener una vida feliz y próspera sin necesidad de recurrir a lo sobrenatural, menos aún a seres divinos. Todo esto está escrito en el “Sutra de los Kalamas”, parte del Sutra del Loto); que incluso debemos rechazar lo que dice si las evidencias señalan lo contrario (uno de los tres pilares del budismo: la fe, la práctica y el estudio, este último incluye todo tipo de estudios y los métodos para confirmar la veracidad de lo estudiado); la aceptación de que todo es material y hecho de materia y energía (todos los estados de conciencia del budismo son estados psicológicos, nada inmaterial en el sentido de sobrenatural), etc. Todo esto jamás encajaría en el cristianismo, donde el ideal no es ser mejor como individuo ni vivir feliz y pleno, sino la obediencia, la rendición de la voluntad y la extinción de la individualidad, el pensamiento y todo lo que constituye a una persona en beneficio de un supuesto creador amoroso, pero que sin embargo te envía al infierno si no cumples hasta el más mínimo detalle de lo que el quiere que hagas.

Conocer esta filosofía me abrió las puertas a un nuevo mundo de pensadores que, si bien alguno no me eran desconocidos, me fueron mas familiares y mas fácilmente comprensibles, ahora que podía conocer de cerca el contexto y la cultura de aquella zona y de aquellos tiempos. Demás está decir que he leído es Sutra del Loto (muchas partes), el Bhagavat-Gita (parte del Srimad-Bhagavatam, que leí parcialmente pues la traducción de los clásicos hinduistas y budistas al español es escasa, esto por motivos de idioma –sánscrito y pali, lenguas actualmente muertas y difíciles de traducir sin perder parte del sentido original del texto–). Obviamente también leí la Biblia y conozco algo del Corán (ambas las tengo en formato digital, así como el Sutra del Loto, que conseguí hace relativamente poco tiempo). Aprendí que Buda no era un dios obeso que se rascaba la barriga par conceder milagros o aparecer dinero, visión occidental que corresponde al Buda chino, el cual es una mezcla de el Buda original con sus antiguos dioses.

Luego de eso, a los 15 años (iba a cumplir 16) viajé desde Perú, mi tierra natal, a Costa Rica, donde he vivido hasta el momento de escribir este artículo. Entrando al colegio (me faltaban 4º y 5º de secundaria) me topé con la ignorancia de un país que, para mi sorpresa, era más creyente aún que el mío (y eso que en Perú hubo virreinatos y todo eso, con lo que uno imaginaría una la cultura católica especialmente fuerte y enrizada). Subestimé el efecto “pueblo chico”. No estoy renegando del país, sino de la forma de pensar de sus habitantes. Esa fue la razón de que comenzara uno de los más penosos calvarios de toda mi vida. Resulta que un día había llevado al colegio el libro “El Anticristo” y lo leí durante el receso. Fui al baño un momento y al volver el libro (que había dejado sobre mi pupitre) estaba en manos de unos compañeros curiosos y excitados con solo leer el título del libro. Me preguntaron de qué se trataba y se los expliqué. Pero en ese entonces llegó la profesora de español y le quitó el libro a mis compañeros, y aún cuando le dije que ellos me lo habían quitado (me lo pidieron prestado luego de quitármelo, se los di y permanecieron estupefactos frente al título y la contraportada, incapaces de abrirlo) no dio vuelta atrás y para mi desgracia dijo en clase que el libro era mío, y me acusó de ser un corruptor de la juventud, un ser moral y un ateo. Un poco más y dice que soy un “perro infiel a la fe”. Ms tarde mis compañeros de clase me preguntaron por todo lo que dijo la profesor, y les dije que sí era ateo. ¡Y para qué se los dije! Corrió el rumor por todo el colegio, tanto que a los 2 días todos los quintos lo sabían, y al cabo de 1 semana todo el colegio se enteró. Todos me miraban de forma extrañísima: Unos con desprecio, otros con curiosidad, otros más con asco, otro grupo (bastante grande, casi todo el que pudo hablar conmigo) que trataba de convertirme a la fe cada 5 minutos. Tanto es así que a veces se juntaban 10 ó 15 personas a hablarme de su fe y “argumentar” a favor de la existencia de Dios. Yo me tomaba mi tiempo para refutar sus ideas, y por lo menos tres cuartas partes de los que hicieron esto acabaron odiándome o burlándose mas de mí. La cuarta parte restante más bien me veía con cierto aprecio, pues notaban que no era un ignorante, sino alguien bastante culto y preparado. Incluso, en algunos pocos casos, claro está, hizo que se acercaran a mí las chicas (además de mi condición de extranjero, que les atraía también), pero por igual me impedía llegar a algo con ellas, pues por hablar de unos pocos ejemplos, una era judía mesiánica (y menos mal que me salvé, pues luego me enteré que era de esas que cambian de novio más rápido que de ropa interior), e intentar algo con ella hubiera sido un error por 2 razones: 1) Ella tenía novio (cosa que me enteré después), y 2) hubiera sido repetir la historia de Nietzsche y Lou-Salomé. Aunque ella nunca me gustó, mis compañeros maliciosamente inventaron chismes míos con ella, y a pesar de que ni siquiera nos hablábamos eso no hizo mas que empeorar el problema. Ahora además de ateo era un depredador sexual. Y todo por ser ateo, o sea, sin moral (casi todos pensaban así).

Bien, volviendo al tema de la profesora y el libro, mi madre tuvo que ir a la dirección y reclamar (aún era menor de edad, así que ni caso me hacían), con lo que consiguió que me devolvieran el libro y poner en cintura a esa profesora. Esa fue la razón por la que durante toda mi estancia en ese colegio me quitó puntos injustificadamente en los exámenes. Fue por ella que no obtuve un promedio perfecto, pues mis demás calificaciones eran superiores al 95% de ciertos. Aún con todo, mi promedio general ponderado era superior a 90, por lo que pude obtener una beca en la universidad. Por buenas calificaciones las universidades me ofrecieron buenas becas, pero pudieron haber sido mejores.

También tuve problemas con otros profesores, en especial mujeres, que tenían un terrible mal hábito que parece solo a mí molestaba: Leían la biblia a todo pulmón en horas de clase. Y lo peor es que no era en clases de religión (de la que no puede eximirme por mi condición de ateo, sino porque mi madre hizo una carta que decía que era budista. Era la única forma de saltarme religión. Era un abuso de poder y una injusticia aparte, pero ya estaba demasiado cansado de los líos para ese entonces), ¡sino de química! ¡Qué va! Mi estancia en el colegio en Costa Rica fue un calvario.

Ya en la universidad las cosas no fueron demasiado diferentes, pero sí más esporádicas. La peor experiencia la tuve hace relativamente poco, cuando una profesora muy devota (llevaba a clases un crucifijo plateado gigantesco, collares de Jesús, la virgen y varios santos, así como otros artículos religiosos de gran tamaño) se enteró de mi ateísmo, y empezó a tratarme diferente, discriminarme en la entrega de proyectos, revisiones de avances de trabajos, asesorías, explicaciones, entre otros. Mientras que a los demás alumnos los trataba bien y no les negaba atención académica, a mí me la negó, y cuando me la dio no era de la calidad requerida, sino unas rápidas consultas mientras caminaba cuando mis consultas requerían de profundidad en la explicación. Su facilidad de abstracción en la explicación de cosas complejas y su habilidad para tornar banales las cosas que no lo son me enervaba en sobremanera. No había mucho que hacer. Por culpa suya tuve problemas académicos, y cuando le pregunté sobre el porqué de su actitud hacia mí, me dio a entender que no le caía nada bien. Más que dar a entender usó palabras bastante literales y fuertes que obviamente no pienso repetir.

La última y peor experiencia la tuve con mi última novia, en la que su familia no me ve nada bien. Ellos son cristianos, y como tal tratan a todo aquel que no lo sea como trató Jesús a los que no lo oían: Muy a lo “serpientes, raza de víboras. ¿Cómo escaparán del fuego eterno?”, o a lo “Quien no está conmigo, contra mí es”. No hay nada que agregar.

Superé hace unos años la veintena, y sigo siendo ateo. Hay quienes dicen, basados en no se qué, sus esperanzas tal vez, que el ateísmo es la antesala de la perfecta fe. Que es un estado por el que pasan muchos, y que al final vuelven a creer, y quien no lo hace es una especie de retrasado social y moral. Cierran los aojos a la verdad: El ateísmo existe, y por más que quieran negarlo, los ateos seguiremos existiendo. Seguiremos ocupando espacios públicos, seguiremos estando entre todos, luchando por un mundo menos dogmático, supersticioso y salvaje. No cejaremos en el empeño de liberar a la sociedad de imperativos categóricos surgidos de miedos atávicos y creencias primitivas carentes de todo bello y valioso que como especie hemos logrado. No dejaremos que derroten al humanismo y a la libertad con el látigo de la fe ciega e irracional. Jamás dejaremos de luchar, por los derechos de todos y de nosotros mismos, por el derecho a ser como somos, a ser quienes somos y a estar felices y orgullosos de serlo. Ahora sé que jamás dejaré de ser ateo, pues es lo que soy, es parte de lo que soy. Es una consecuencia de ser intelectualmente honesto y de tener un intelecto ágil y de inclinación científica, así como un temperamento poco tolerante a las inconsistencias y las imposibilidades sustentadas únicamente por la fe. Jamás dejaré de ser lo que soy.

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