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Ateísmo vs. Budismo vs. Cristianismo. Parte 2: ¿Qué hay después de la vida?

En este artículo analizaré lo que cada ideología tiene que decir sobre lo que ocurre tras la muerte. Se suele conocer la resurrección, pues es la idea más extendida debido a la influencia cristiana. Pero poco se conoce acerca de otras opciones. En cuanto al budismo, la idea de la reencarnación le es adecuada, pero el concepto en sí es diferente al hinduista, mucho más conocido, y por mucho es opuesto a lo que creemos que es. La reencarnación budista no tiene casi nada que ver con la hinduista, pues ni siquiera se tiene en cuenta el concepto de espíritu. Por el contrario, lo niega. El ateísmo sigue la misma línea, y no sorprende, pues al igual que el budismo, objeta el aspecto sobrenatural. Pero no solo eso. El ateísmo va mucho más lejos que el budismo y propaga el extincionismo, el cual dice que somos materia y que al igual que todo lo viviente, tenemos que fenecer.

Pero no nos adelantemos demasiado, y veamos cada uno de estos casos. Sopesaremos los factores a favor o en contra de cada explicación desde el punto de vista emocional e intelectual, así como cuál está más, menos, nula o completamente sustentada por evidencia. Por último, veremos cómo es posible ser felices o porqué es imposible serlo con cada una de ellas.

 

PERSPECTIVAS DE ULTRATUMBA

 
Ateísmo

El ateísmo es extincionista, es decir, sostiene que una vez muerto un ser, nada de él sobrevive. Esta es una postura materialista, y por ende, niega la existencia de cualquier tipo de alma o espíritu, así como toda forma de existencia inmaterial. A esta postura también se la puede llamar intrascendentalismo. Esta idea se basa en el escepticismo, el empirismo y la razón. Explicaré brevemente el por qué de cada una de ellas.

El uso del empirismo se da cuando nos damos cuenta que solo podemos hablar coherentemente, y por ende hacer afirmaciones razonables, sobre lo que conocemos. Sabemos que existe el mundo material. Sabemos que es en el cerebro donde se llevan a cabo las reacciones sinápticas, y es allí donde se almacenan la memoria, la personalidad y los gustos. Sabemos que un daño en el cerebro puede causar alteraciones de conducta y pensamiento. Sabemos que todo lo que nos configura como seres vivientes reside en el cerebro, y que el cerebro se disuelve con la muerte. Bien, tenemos todo para decir que lo material existe, y nada para negarlo. Por el contrario, de lo inmaterial no tenemos ninguna prueba, excepto los relatos subjetivos de quienes se dicen tocados por la divinidad, y por ello se declaran capaces de percibir dicho plano. También tenemos los fenómenos inexplicables. Pero sucede que todo esto no es prueba de nada, a lo mucho representa una duda sobre algún aspecto de la realidad, no una objeción a la misma.

Por ahora sabemos que lo material existe. Es nuestra realidad, y por más que la despreciemos no va a dejar de estar ahí. Pero de lo inmaterial no tenemos ninguna certeza. Los testimonios son subjetivos, y en muchos casos responden a prejuicios, condicionamientos, trastornos psicológicos crónicos o agudos, claras muestras de disonancia cognitiva o fallos en la percepción producto de la hiperactividad de la agencia. Puede que incluso todo sea una mentira, a sabiendas o no. Sea como sea, los testimonios no son confiables, pues pueden ser cualquier cosa menos pruebas objetivas e imparciales.

Los fenómenos inexplicables, por otra parte, son meras lagunas en nuestro conocimiento actual, las cuales son inescrupulosamente utilizadas por los creyentes en lo sobrenatural para intentar desbaratar el edificio del conocimiento moderno, el mismo que ha demostrado tantas veces ser correcto, y sobre todo, útil. Pero lo que no quieren admitir es que no hay ninguna razón para suponer que lo desconocido de hoy siga siéndolo mañana. Y sobre todo, que lo desconocido no es motivo para suponer que exista lo sobrenatural. Nada materialmente físico da ni puede dar pie a la suposición de una realidad inmaterial. Así, desde el empirismo, afirmar lo inmaterial es imposible, pues no tenemos motivos para suponer, desde lo físico, que exista. Y siendo nosotros seres físicos, nos es imposible obtener algún tipo de conocimiento o tener alguna de experiencia calificable de no física. Es simplemente imposible.

El uso de la razón se da cuando nos damos cuenta que no hay motivos para suponer que exista lo sobrenatural o lo inmaterial. Basándonos en el mundo físico, y partiendo desde él, no podemos suponer, ni mucho menos afirmar, que exista algo diferente. La materia no puede ser no física si sabemos que existe materia física y conocemos que el universo y todo lo existente ha sido sometido a un proceso de devenir y evolución cósmica. No evolución en el término darwinista, sino en el de cambio desde formas simples hacia formas complejas, excluyendo el concepto de selección natural y competencia (un ejemplo de este aumento temporal de complejidad sería la formación de estrellas, sistemas solares y planetas). Todo sea por el cumplimiento de las leyes físicas, en especial la de la entropía. Las leyes de la física no dejan dudas que todo lo que interactúe con la materia tiene que ser efectivamente materia. Y todo lo que interactúe con lo físico tiene que ser necesariamente físico (en cualquiera de sus presentaciones). Si con el empirismo somos conscientes de que solo podemos hablar de materia como materia física, y que no tenemos motivos, razones o herramientas para decir nada sobre lo no material, desde el racionalismo podemos deducir que no tenemos ningún motivo para suponer que exista nada aparte de lo físico. Es más, toda afirmación al respecto se revela como fútil y errada al carecer de base. No podemos siquiera decir que lo inmaterial sea posible, menos aún que sea probable.

Por último, el escepticismo nos sirve para negar definitivamente a existencia de lo inmaterial, al no tener que aceptar nada que carezca de pruebas. Nada si pruebas puede decirse verdadero, y por ello es posible suponerlo como falso. Si bien ausencia de prueba no es prueba de ausencia, sí lo es de falsedad. Además, debemos recordar que lo que se afirma sin pruebas puede negarse sin pruebas. Gracias al escepticismo, la negación de lo sobrenatural completa su mapa y se erige como al opción más lógica y mejor constituida en términos intelectuales, además de ser la que mejor encaja con la ciencia, y por ende ser la más útil.

Negar lo sobrenatural e inmaterial equivale a decir que no existe el alma o el espíritu. La existencia de la misma es innecesaria para explicar el fenómeno de la conciencia, y no hay pruebas de que ésta tenga un soporte ajeno al cerebro. Es más, no hay ninguna razón para suponerlo excepto la ignorancia, heredada y voluntaria, producto de la perpetuación de los mitos religiosos, procedente de épocas donde se creía que el cerebro era algo ajeno a la volición, y no lo que es, la sede de lo que llamamos el yo. Nuestro cerebro somos nosotros, y sin él no existimos. Una alteración a él y dejaremos de ser lo que creemos ser, y le diremos adiós a nosotros mismos. No hay ninguna prueba de la trascendencia de la conciencia, y esta idea permanece porque existe en las religiones, michas de las cueles sobreviven, y muy bien, hasta hoy. Es la influencia y la popularidad de la fe, junto a las creencias animistas innatas, el miedo a la muerte, a lo desconocido y a otras cosas lo que hace de la supervivencia del alma una idea tan atractiva y universal. Y es por la falta de pruebas, la incoherencia y la imposibilidad de la misma que los ateos la rechazan.

Los ateos sabemos que al morir se extingue el yo, pues todos los componentes que sostienen nuestra personalidad e integran nuestro ser se separan. Es el fin común de todo lo vivo, y por más que se quiera ver en esto una apología del fatalismo, no por ser aciaga la realidad ésta deja de ser verdadera, existente e invariable. O por lo menos así será hasta que la ciencia encuentre la fórmula de la inmortalidad.


Budismo

El budismo sostiene la reencarnación. La forma primordial de la misma, es decir, la de la filosofía hinduista, indica que existe un espíritu inmortal, creado por Brahma y otorgado a todos los hombres. Cuando un ser vivo muere, sea cual sea, puede renacer en el cuerpo de otro ser y volver a vivir. Este ciclo se repite indefinidamente, y al mismo se le conoce como la rueda del Karma. La palabra karma se traduce como “reacción”, y da la idea del resultado de una acción. La raíz de esa palabra, karman, significa “acción”, y a su vez esta raíz proviene de la palabra antigua “kri”, del mismo significado.

La reencarnación budista es diferente. Sostiene que no existe un alma o espíritu en el hombre, de modo que en la muerte nada sobrevive. Se dice que cuando un hombre le preguntó a Buda si el yo seguía existiendo tras la muerte, él no le respondió. Lejos de ser una afirmación de ignorancia de su parte, o ser una muestra de desprecio, éste era el comportamiento común de los maestros de oriente, en especial los de la India. ¿Por qué? Porque se tenía la idea de que las mejores respuestas las encontraba uno reflexionando sobre algo. El maestro no debía ser un guía moral bajo su propia luz, sino ser un transmisor, un canal para que todos encontráramos el pleno desarrollo personal, un conducto de la sabiduría, no una encarnación de la misma. Por eso Buda nunca se consideró a sí mismo como el líder de la Sangha (orden budista), sino como un miembro más. Esto nos habla de su profundo carácter compasivo y humano, en contraposición con los demás maestros, que en esa época mostraban un aire de superioridad similar al de Jesús cuando maldecía con profusión a sus enemigos y se autoproclamaba hijo de un dios. En este caso, Buda no le respondió porque quería hacerle ver a ese hombre que el yo era una idea fruto del apego a la existencia, y que por ello no había respuesta posible. Lo que aquel hombre dijo era, en lenguaje moderno, algo similar a la falacia de bifurcación. El budismo niega la existencia platónica del yo, es decir, su independencia ontológica. Afirma que el yo es un reflejo eidético de nuestra existencia, condicionado y relativo a la misma. El budismo niega la existencia del alma, y negaba el ateísmo de su tiempo, el cual en muchas ocasiones aceptaba la existencia del alma, pero la declaraba finita.

Entonces, ¿En qué consiste esta reencarnación? En que la existencia de los seres vivos es una manifestación de la vida universal. En otras palabras, somos un producto del universo, no algo ajeno a él. Las circunstancias de nuestra vida son la manifestación de eventos latentes en el universo, que se dan en cuanto exista el ser adecuado. Es decir, que no existe un alma que tenga que pagar culpas arrastradas de una vida a otra como en la reencarnación hindú, sino una serie de circunstancias potenciales que se dan apenas existe un individuo apropiado para expresarlas y vivirlas. Lo que se repite son las circunstancias y las formas de pensar, no el ciclo de la vida y la muerte de un ente inmortal. Para dar un ejemplo, si una persona avara y mala muere, y nace alguien que es igual o casi igual que ella (en el plano mental), pasa por las mismas o muy similares circunstancias en las que el anterior vivió, se dice que ésta persona es la reencarnación de la anterior.

El budismo se basa en una idea parcialmente panteísta, pues dice que el ser vivo es uno con el universo, y al morir se funde nuevamente con éste. Como toda mitología, se basa en elementos mágicos y fantásticos, pues la idea de que somos emanaciones universales procede de la idea del Atmán hindú, el espíritu universal. Esta es la idea real del budismo, aunque esta comprensión antigua encaja mejor que la de ninguna otra religión en el panorama del conocimiento moderno. Es más, es la religión que mejor se adapta, pues ha dejado de lado el dogmatismo, y está abierta a dudar incluso de las opiniones de todos los maestros, y hasta del mismo Buda. La idea del espíritu universal impersonal, del que todos somos chispas minúsculas, pasa a ser el de la vida del universo como ente cambiante y del que todos procedemos. Todos formamos parte del universo, por ende, todos estamos conectados.

Así las cosas, surge una duda: ¿Qué implica en este contexto la idea de cambiar el karma? Bien, en este caso se trata de un cambio de mentalidad, mejor entendida como la superación personal. Cuando somos sometidos a una serie de circunstancias, podemos hacer las cosas de una forma u otra. Volviendo al ejemplo del avaro reencarnado, si en su “siguiente vida” logra hacer las cosas mejor y superar su defecto, se puede decir que ha cambiado su karma. Como el karma se refiere a las consecuencias de las acciones que ha tomado, si cambia su comportamiento puede cambiar la reacción que éste causa. Y aún en el caso de que los efectos ya se hayan manifestado, su cambio de actitud le permitirá afrontarlos mejor, y cambiar lo que en un principio se consideraba inevitable. Éste es el espíritu del budismo, lo que Daisaku Ikeda, líder de la Sokka Gakkai Internacional (organización budista laica japonesa), ha llamado la “revolución humana”. Lograr esto es lo que en budismo se conoce como propagar la ley, también conocido como kosen rufu. Esto implica que mediante el conocimiento del budismo se pueda mejorar la condición humana, y así ser verdaderamente libres, siendo amos y señores de nosotros mismos, no ciegos esclavos de nuestras pasiones.


Cristianismo

El cristianismo sostiene la resurrección. Ésta parte de la preexistencia del espíritu, exclusivo de los humanos, y proporcionado a ellos por su dios. Este espíritu sobrevive a la muerte del cuerpo, y es pasible de merecer el cielo o el infierno, es decir una recompensa o un castigo eterno dependiendo de si se ha seguido la voluntad de dicha deidad. La resurrección consiste en la reconstrucción del cuerpo, a fin de infundirle nuevamente el espíritu separado por la muerte, preparándolo para un juicio final.

La doctrina de la inmortalidad del alma se conjuga con la de la existencia del cielo y el infierno. Estos supuestos lugares existirían en el plano inmaterial, y fueron creados por el dios judeocristiano para hacer cumplir su voluntad. Es discutible si su objetivo es llevar justicia al mundo, pues uno de los requisitos indispensables para acceder al cielo es creer en él. De nada vale ser bueno, honesto y virtuoso si no se cree ciegamente en dicho ser. Así, el cielo es el supuesto lugar donde el espíritu, y luego del juicio final también el cuerpo (por lo menos en la teología cristiana tradicional, excluyendo testigos de Jehová y otros) de los que Jehová considera buenos van al morir. El infierno es para todos los demás. Y no importa si la adoración no se le dio por desconocimiento (todos los vernáculos americanos antes de la colonización fueron irremediablemente al infierno, aunque no hayan tenido la oportunidad de conocer a este dios; a menos que se crea en el relato de los mormones de que Jesús se manifestó en América, por lo que la condenación sería por rechazo consciente), porque se tenía otros dioses igual de plausibles que él, no se creía en ningún dios, o porque se opinaba que el tema es indecidible. Simplemente con no creer en él, o no hacer su voluntad al pie de la letra (la cual se dice no se puede conocer plenamente) se está condenado. Por ende, ir al infierno es algo casi completamente seguro, excepto para aquellos a los que este dios escoja, lo que nos lleva a la doctrina de la predestinación (calvinismo), a la justificación por la fe (evangélicos), o al fanatismo religioso (como los cristianos fundamentalistas y los testigos de Jehová).



OBJECIONES


A la intrascendencia y la inexistencia del espíritu

Las objeciones a esta perspectiva son muchas, y tienen su origen en la ignorancia y el miedo. Algunas de ellas son:

1. La vida sería muy triste si el hombre simplemente se extinguiera en la nada, pudriéndose y siendo comido por los gusanos.

Esta opinión procede del miedo a la muerte, natural en todos los seres vivos, pero expresado aquí de forma trastornada. Por efecto de la ideología cristiana, y por extensión de toda aquella que vea en la vida un milagro o un supremo bien, se incrementa el miedo a la muerte convirtiéndolo en un apego insano a la vida, que es de donde deviene la idea de la muerte como un mal. La muerte es la cesación de la vida, mientras que solo cuando se está vivo se puede hacer o recibir bien o mal. Ya que solo los seres son pasibles de hacer y recibir bien o mal, y que cuando llega la muerte el ser desaparece, ergo no se puede decir que ésta sea un mal, porque disuelve al ser, y con él, a toda posibilidad de hacerle mal. La muerte es, a fin de cuentas, el antimal por excelencia.

Este sentimiento de lástima es el apego por la vida hablando, además de la nostalgia por aquello que inevitablemente espera perderse. Además, también es la expresión injustificada de la admiración por la humanidad, creyéndola algo especial y maravilloso, cuando no es más que el producto de la evolución de la materia, y por ende, algo sin valor intrínseco. Esta nostalgia también es producto de la influencia de cristianismo en la sociedad, el cual impide así una mirada valiente y directa hacia nuestro común e inevitable porvenir.


2. Sería lamentable que la enorme capacidad intelectual humana desapareciera para siempre con su muerte.

Como dije anteriormente, objeciones como ésta son injerencias emocionales en aspectos en los que la emoción nada tiene que decir. Esto también es producto del cristianismo y su desmesurado e injustificado aprecio por el hombre. Antropocentrismo puro y duro. No es mejor que la idea de la supremacía de la raza aria, pues ambas se basan en nada. Es cierto que el hombre es inteligente, pero eso no es motivo para desear que viva para siempre. Hay muchos que con su inteligencia solo han hecho daño, mucho daño. Por ende, la capacidad intelectiva humana no es prueba suficiente de su origen divino, así como tampoco de su pretendido derecho a perdurar indefinidamente. Y como en el caso anterior, este deseo se basa en el antropocentrismo altisonante y en el apego por la vida, o sea, nada racional.

¿Es la complejidad prueba de racionalidad, de supremacía, de derecho a dominar, de origen divino? A todas estas, la respuesta escéptica, materialista e intelectual, así como la más lógica, es un rotundo no.


3. Si no hay un más allá para traer justicia al universo, no hay razón para hacer el bien en esta vida.

Esta afirmación la hace alguien que, si no fuera por el miedo al castigo, se pasaría la vida haciendo maldades. Quien dice que la recompensa o el castigo eterno es la única razón por la que se hace el bien no tiene un motivo verdadero para ser bueno. Quien es realmente bueno hace las cosas sin esperar beneficios, recompensas o lisonjas cuyo único objetivo es elevar el ego del benefactor. Quien hace el bien “de corazón” lo hace sólo porque le gusta hacer cosas que beneficien a otros y a la vez no lastimen a nadie, porque sabe que una sociedad es mejor si todos los individuos se preocupan por el bienestar general. Quien es verdaderamente bueno hace el bien porque le nace, no por obligación. Y esto último es el porqué los creyentes son buenos. Es decir, un verdadero creyente es alguien malo de corazón, pero bueno externamente. En otras palabras, un verdadero creyente es un hipócrita.


4. Si no hay algo más allá de la vida, la vida no tiene ni puede tener sentido ni propósito. Así, no importa si se hace bien o mal, solo se puede vivir lo mejor posible (egoístamente claro), aunque esto implique vejar a los demás y ultrajar sus derechos.

Esto es lo mismo que lo anterior. Los creyentes asumen que una vida sin sentido ni propósito inherente es una vida vacía. Desconocen que se puede dar un significado personal a la existencia, y que éste más que ningún otro es nuestro derecho y nuestra responsabilidad.

Peor aún, puede que no se quiera dar un significado ni propósito a la vida propia, pero eso no es razón suficiente para imponer esta ideología a todos, por las buenas o las malas. Los creyentes asumen que si no hay un orden inmanente son libres para ejercer la anarquía. Esto lo demuestra la historia del cristianismo, el cual está lleno de atrocidades que, mal que les pese a sus acólitos, es producto de la exacerbación del dogma. Pero si el dogma no hubiese existido en primer lugar, no hubiera habido nada en lo que sustentar la barbarie, y ésta no hubiera existido. Así que exculpar al cristianismo por la responsabilidad que le toca en las masacres cometidas en su nombre es algo más bien iluso.

Por último, el que no exista un propósito inherente a la vida no significa que no pueda haber uno. No hay ninguna razón que nos impida crearnos el objetivo que queramos, así como no hay motivo para pensar que sólo mediante la divinidad es comprensible, justificable y soportable la existencia. Quien piensa así es porque en el fondo cree que su vida no vale nada, y busca una razón para no suicidarse, o en su defecto, dar rienda suelta a su malignidad y ser un asesino serial.


5. La intrascendentalidad es un prejuicio, pues quien así opina deja por fuera la posibilidad de la existencia del espíritu y de algún dios a priori. Esto es ser intelectualmente deshonesto.

El que afirma es quien debe probar, no el que niega. Partiendo del fisicalismo metodológico, la existencia de lo inmaterial es imposible, es cierto. Pero si este criterio fuera errado, sus resultados no serían verdaderos. ¿Y cómo comprobar si lo son o no? Simple: Si son aplicables y funcionan, lo son. Sino, son falsos. ¿Y qué podemos ver? Que los resultados de la ciencia funcionan, ergo el modelo desde el cual se descubren y generan conocimientos es verdadero. Si no lo fuera, no podría producir nada funcional.

La intrascendentalidad no es un prejuicio por tres razones: Primero, por lo dicho antes, quien afirma es quien prueba. Y como los inmaterialistas y demás creyentes no ha podido probar sus afirmaciones hasta ahora, no hay por qué creerles, ni respetar la idea tan bizarra de que exista algo que no sea físico. Segundo, como la ciencia es funcional, ergo sus conocimientos son verdaderos. Y es porque sus conocimientos son verdaderos que produce resultados funcionales, sino no podría. La funcionabilidad de sus resultados es el criterio con el que podemos medir el grado de veracidad de una afirmación. Tercero, porque la simple afirmación de algo no confiere a lo referido la categoría de real, existente o verdadero. El hecho de que se afirme lo sobrenatural y lo inmaterial no significa que existan ni que tengan la más ínfima posibilidad de existir. Solo expresa el deseo del creyente de que sus convicciones correspondan con la realidad. Pero las convicciones y la realidad son cosas diferentes, y no están de ningún modo conectadas.


6. No se ha probado la inexistencia de lo sobrenatural, por lo que no se la puede negar. Así, quienes lo hacen son deshonestos, y deben probar sus afirmaciones.

Hacer esto es ser deshonesto, pues se está cometiendo la falacia de invertir la carga de la prueba. Esto es una violación de Onus Probandi por inversión, y esta inversión es ilegítima en todos los sentidos. Quienes sostienen lo sobrenatural deben probarlo, y el hecho de que nadie haya probado su inexistencia no les da derecho de decir que existe, ni siquiera de que puede existir. Al contrario, debería ser un recordatorio constante de su responsabilidad no cumplida como sustentadores de aquello que tan alegremente y sin pruebas ni argumentos afirman.


7. Es imposible que la complejidad del cuerpo y la mente humana, así como la de todo lo existente, existan sin un propósito ni la guía de algún dios.

Este es el argumento del diseño. Dice que todo lo complejo tiene que haber sido diseñado. Y que como todo lo existente es material y complejo, su creación tiene que haber sido obra de un creador sobrenatural. No voy a dar una refutación extensa de este argumento ahora, sino una de tipo express. Este argumento tiene algunos puntos interesantes que son su debilidad. La creación inteligente niega el proceso de evolución cósmica y biológica, pues los creyentes dicen que de lo simple no puede emerger lo complejo. Por ende, todo lo complejo requeriría un diseñador inteligentísimo. Aquí hay varios problemas, pues si se dice que todo lo complejo requiere un diseñador, entonces el dios creador debería, a su vez, requerirlo, ya que su complejidad no podría ser menor a la de su creación. Así, partiendo de un creador con complejidad mayor a cero, tenemos tres perspectivas problemáticas:

Si la complejidad del creador es mayor que la del objeto creado se justifica su capacidad creativa, pero surge la inevitable cuestión de que éste, a su vez, requeriría de un creador a su vez. Y este nuevo creador debería ser más complejo que el primero, por lo que su existencia requeriría a su vez un nuevo y más poderoso creador, y así ad infinitum. Esto no nos lleva a ninguna parte, excepto a aplicar la navaja de Occam, y cortar de raíz toda este grupo de creadores innecesarios e imposibles. ¿Por qué imposibles? Porque una cadena infinita de creadores, uno más poderoso que otro, es imposible, pues una cantidad infinita de energía haría imposible la entropía. Y sabemos que la entropía existe, por lo cual lo imposible es el grupo de dioses. Además, si el creador del universo se define como omnipotente, el creador del creador, como mínimo, tiene que serlo también. Y entonces llegamos al problema de tener que postular una serie infinita de seres omnipotentes, cosa a todas luces imposible.

Si la complejidad del creador es igual a la de lo creado, sería igual de válida la existencia de cualquiera de ellos independientemente. Es más, la aparición de algo inanimado e inconsciente es mucho más probable que la de algo consciente, por lo que la hipótesis de un universo existente sin un creador es más probable que la de un creador que fabrica al universo. ¿Por qué? Porque en el primer caso, lo primero que existe es el universo, ente inconsciente e inmaterial; mientras que en el segundo se habla de un ente consciente, y para variar todopoderoso. Lo primero es más probable que lo segundo.

Si la complejidad del creador es menor a la de lo creado, la creación es imposible, pues se negó de antemano la posibilidad de que algo menos complejo produzca algo más complejo. Decir que sí se puede sería abrir la puerta a la evolución, algo que los creyentes, si son consistentes con su fe, no podrían hacer. A menos claro que no se den cuenta de esto, o sean hipócritas y convenidos (diciendo que con su dios si aplica pero con todo lo demás no).

Existe un problema más: Algunos creyentes dicen que su dios no requiere un creador, pues sale de la cadena causal. Dicen esto por varias razones: Por deducción lógica (asumen sin bases un fin de la cadena causal de la infinitud de dioses, pues dicen que ésta es ilógica –y lo es–, por lo que dicen que la única opción es postular un origen incausado), porque es sobrenatural (dicen que solo lo material requiere causa, y que no se puede aplicar el mismo criterio para lo inmaterial), o por simple fe.

El problema de la deducción lógica es que es gratuita, pues no hay pruebas de que haya que dejar de aplicar el concepto de causalidad en este aspecto ni en muchos otros. Ciertamente hay fenómenos sin causa, pero éstos proceden del reino subatómico, y es normal aplicar el indeterminismo a nivel cuántico, pero sigue siendo algo solo aplicable a la materia. Decir que también se aplica a escala divina o a lo inmaterial es acercar demasiado estos planos, e incluso se podría llegar a pensar que si el plano inmaterial está afectado por las mismas leyes que el material, entonces tal vez sean el mismo, o por lo menos puedan afectarse mutuamente. Esto implicaría que eventualmente podríamos usar a los dioses (si es que existiesen) como baterías, pero esta es una idea demasiado hereje para ser tomada en cuenta por el grueso de los creyentes. Pero por mal que les pese esto no es más que la consecuencia de sus propios postulados. Y hay un problema más: Se detiene la infinitud de la cadena causal sin motivo real. Y el supuesto motivo por el que se hace podría aplicarse mejor al universo. Es decir, la misma razón para decir que el creador no tiene causa puede aplicarse al universo, y mejor aún, pues en el caso del universo se tiene el apoyo de la termodinámica, y en el de un dios no.

El problema de postular que la causalidad no aplica al creador por ser él un ente sobrenatural es un flatus vocis. Además, esto complica las cosas, pues conlleva un enorme problema: Si es cierto que es inaplicable, entonces tampoco es posible afirmar la creación ni la intervención de la deidad en el plano físico. ¿Por qué? Porque lo primero es un proceso de conversión energía-materia, un suceso típicamente físico. Lo segundo es lo mismo, pues se tendría que convertir el poder divino e inmaterial en energía física, única capaz de interactuar con lo material. Aún cuando los milagros no requirieran conversión de energía (pero entonces serían imposibles), la creación sí lo haría. ¿Y cuál es el meollo del asunto? Simple: Si lo inmaterial no está regido por las leyes de la materia ni le es aplicable ninguna ley o aspecto que rija a ésta, ergo son completamente diferentes. Y por esta misma diferencia una no se puede mezclar con la otra, desbaratando así la posibilidad de que existan los milagros. En este caso el ejemplo es la causalidad, la cual se da en el plano material, y por ende sería imposible de extender al inmaterial. Pero si no se puede extender es porque no son similares en nada, y su diferencia crea un abismo infranqueable entre ambas, uno tal que ni siquiera la omnipotencia es capaz de sortear.

Si por el contrario, lo inmaterial puede relacionarse con lo material, entonces inevitablemente es materia, y de tipo físico. ¿Por qué? Por lo que estaba comentando antes: Sólo lo físico puede relacionarse con lo físico. Así las cosas, la dicotomía material-inmaterial quedaría destruida; la omnipotencia y sacralidad de los dioses, ultrajada; y su suprema dignidad y adoración puesta en entredicho, pues ¿por qué tendríamos que adorar a un extraterrestre? Si se afirman los milagros, se afirma la relación inmaterial-material, y por ende la fisicidad de todo lo existente. Así, sería imposible seguir sosteniendo la inaplicabilidad de la causalidad a la existencia de los dioses.

El último punto es el de la fe. Se afirma que u dos carece de causa solo por fe, como en el cristianismo, pero esta aseveración no cuenta con evidencia a su favor. Entonces ¿por qué perdura? Porque las personas así lo desean. Siempre es más fácil escabullirse de la realidad aduciendo prejuicios voluntariosos a dar razones de las ideas, y lamentablemente siempre se respeta más al hombre con convicciones que a aquel que sostiene sus dichos con pruebas. Al primero se lo ve como íntegro, al ser fiel a sus hábitos y sus ideas, a pesar de las pruebas en contra o la carencia de pruebas a favor; mientras que al segundo se lo ve como un mezquino, pues se lo ve como un tipo despreciable que presenta pruebas solo para que todos se convenzan, cuando lo más justo sería decir que las exhibe porque es lo correcto. Hasta ese punto tan bajo ha llegado la humanidad, menospreciando al escéptico y galardonando con bienes, favores, popularidad y dinero al cerrado de mente. Es por eso que el librepensamiento está tan devaluado en nuestros días.


A la reencarnación budista

1. La reencarnación es una idea fatalista, pues el karma es una cadena de la que uno no puede librarse.

Tanto en el hinduismo como en el budismo existe la idea de liberarse de la rueda del Karma. En el budismo este concepto equivale al Nirvana, el cual representa la liberación absoluta del renacimiento. El budismo ofrece una manera de liberarse por medio del cambio del karma, mediante la práctica budista.


2. La reencarnación es una idea predeterminista, pues establece de antemano lo que uno será.

El karma, si bien determina parcialmente lo que uno es (pues todos los humanos suele responder casi igual a una misma circunstancia), no es algo que dirija de manera invariable el transcurso de nuestra vida ni nuestras decisiones. Es solo una tendencia, y como tal podemos elegir seguirla o no. Por eso en el budismo existe el concepto del cambio de karma, aún del que se considera invariable (lo cual es una innovación con respecto al hinduismo).


3. El karma es venganza e injusticia, pues uno paga culpas de una existencia anterior de la que no tiene recuerdos, y de la que lo puede librarse.

Esta crítica es medianamente pertinente a la reencarnación hinduista, no a la budista, pues se sabe que los antiguos sacerdotes brahmánicos lo usaban como excusa para la separación de castas. Incluso este concepto era usado hasta tiempos recientes, y era universalmente aceptado en la India hasta el advenimiento de pensadores influyentes como Mahatma Gandhi. Sin embargo, aún el indio promedio de una aldea remota continúa con este pensamiento, así como con otras costumbres antiguas como el matrimonio arreglado. La reencarnación budista carece de este defecto, pues al no haber un espíritu inmortal, se desvanece el concepto de cargar con culpas ajenas. Y por el contrario, se puede cambiar el karma personal, e incluso grupal o nacional, de modo que el fatalismo hinduista queda por mucho superado.


4. El karma justifica la segregación y la injusticia, pues es por el mal karma acumulado de los sufrientes que se dan sus penas, al tener que pagar en existencias posteriores, con penurias de todo tipo, los males cometidos en vidas anteriores. Así, el mal actual es producto de las malas acciones pasadas, y se juzga como merecido, siendo por ello una racionalización absurda e indolente del sufrimiento y el mal.

Esto se responde con lo anterior, y es producto de la confusión entre reencarnación hinduista y budista. El karma no justifica las injusticias, si acaso les da una explicación, pero no es motivo por el cual debamos aceptarlas pasivamente.


5. La idea de estar inevitablemente atado a nacer y morir eternamente es como una prisión o un castigo, pero en lugar de ser en un plano inmaterial, lo es en el mundo físico.

Al igual que lo anterior, esto aplica al hinduismo, no al budismo. Sin embargo es bastante común lo mucho que suelen confundirse estos dos tipos, y la mala imagen que se ha creado de Buda a lo largo de los milenios, pasando desde el Buda original (un joven con cuerpo atlético) hasta el Buda chino (fusionado con el dios chino de la abundancia).


6. La reencarnación carece de pruebas, por ende no puede enunciarse verdadera.

Si se la toma literalmente, es imposible. No hay pruebas de que un espíritu inmortal transmigre de cuerpo en cuerpo renaciendo y muriendo. Tampoco de que l universo sea un ser vivo. Pero si se la toma en sentido figurado, no es más que la expresión poética del devenir de todos los seres, y en esencia no es incorrecta, solo demasiado retórica.


A la resurrección

1. La resurrección no puede darse, ya que rompe con las leyes de la física.

2. La resurrección carece de pruebas, por ende no puede enunciarse verdadera.

3. La resurrección es un fenómeno sobrenatural. Y como no hay pruebas de que estos fenómenos puedan darse, ergo no puede afirmarse verdadera.

4. Solo puede creerse en la resurrección por fe, ya que esta idea es de índole religiosa.



CÓMO SER FELIZ CON LA PERSPECTIVA ELEGIDA

 
Con la intrascendencia y la inexistencia del espíritu

1. El que el hombre no trascienda la muerte no significa que su existencia debe ser miserable. La felicidad humana no depende de la inmortalidad del cuerpo ni del alma, sino de la fortaleza, la perspectiva y la capacidad que tengamos de extraer el mayor beneficio posible del mundo, así como de nuestra capacidad de disfrute, la cual se ve positivamente ampliada por la paz social, la razón y el dominio consciente de nuestras pasiones, instintos y pulsiones animales latentes.

2. El que el hombre no tenga un espíritu y que no haya sido la creación especial de un dios no significa que su existencia no tenga valor. El valor de la existencia puede ser dado por cada individuo, y no es indispensable la medida, el deseo ni la voluntad de un creador para darle valor a la vida. Nosotros, como seres vivientes y dueños de nuestra vida, somos los únicos responsables de ésta, de determinar su valor y de la felicidad que seamos capaces de alcanzar.

3. El que la vida humana no tenga un propósito ni un significado intrínseco no significa que no pueda tener un significado. Somos capaces de crearnos uno por nosotros mismos, y así alcanzar la felicidad y la total plenitud. Un propósito previo solo nos encadenaría a un destino del que no podríamos escapar. El que un dios nos haya dado un propósito haría que no fuéramos libres, es decir, seríamos autómatas a merced de su voluntad, la cual se sobrepondría a la nuestra, negando el tan manido concepto del libre albedrío.

4. La finitud de la vida no es un motivo de ineludible tristeza. Podemos ver la brevedad de la misma de una forma menos atroz: El que la vida sea corta y única la hace especial y bella, y puede inspirarnos a vivir sin miedos ni tapujos, pues ya que no hay otra es menester vivirla lo mejor posible y ser lo más felices que se pueda, apreciando las cosas bellas de la vida, que al igual que nosotros son fugaces. Al contrario de la eternidad, la cual sería aburridísima por su misma infinitud, además de que con el tiempo se perdería el amor por la vida y se desvirtuaría su valor, pues todo llegaría a ser una repetición ad nauseam. Si no me creen, vean la perspectiva cristiana de la beatitud: Una eternidad alabando absurda y mecánicamente a un ser que, al ser todopoderoso, no deberían serle importantes nuestras loas. Una eternidad alabando día y noche, hablando de Jehová, viviendo y respirando su esencia por todos lados. ¡Qué perspectiva más deprimente y terrible! Y sobre todo, ¡Qué perspectiva tan humillante y tan esclavizante la de un lugar donde no se permita la duda ni el libre examen, pues se viviría sólo por fe! ¡Qué insulto y qué tormento más terrible para un librepensador!

5. La perspectiva materialista de la intrascendentalidad permite que nos veamos iguales a todo, desde materia inanimada a animales y plantas. La evolución biológica nos permite vernos como otro animal más. Esto hace que seamos mucho más humildes, y nos pongamos en nuestro verdadero lugar en el cosmos. No somos mejores que nadie ni que nada. Esto nos hace responsables y conscientes de todo lo existente, de modo que no tenemos razón para privar a otros de la vida innecesariamente, destruir por diversión ni complacer salvajemente nuestros deseos en detrimento de todo lo demás solo porque podemos hacerlo. Nuestra igualdad material con el universo hace que seamos reverentes, respetuosos y cuidadosos con el todo, y nos da un sentido de unidad vivificante, animal y racional, que pocas ideologías otorgan.


Con la reencarnación budista

1. La reencarnación budista no implica ningún tipo de sufrimiento innecesario, ni ninguno que no podamos soportar y superar. Todo problema puede solucionarse, y somos tan fuertes como queramos ser. Podemos cambiar nuestro karma y vivir una vida plena y feliz.

2. Al contrario que en otras religiones, no existe la idea de un castigo eterno. Todo lo malo se paga en este mundo, y por ende puede solucionarse aquí también. Esto elimina el temor, que muchas veces raya en obsesión y desorden psiquiátrico, de estar haciendo algo malo a los ojos de un dios, y por ende mejora la calidad de vida, pues al no estar en la paranoica búsqueda de la aprobación divina se es libre para disfrutar de la existencia sin tantas preocupaciones, y se es libre del temor de ser condenado eternamente por hacer o decir algo ínfimamente incorrecto.

3. La reencarnación budista da un sentido de unidad que pocas ideologías confieren, pues se es parte de la vida del universo, por lo que todos estamos conectados, lo que nos hace conscientes de nuestra responsabilidad con el mundo y con todo lo existente.

4. Por medio de la filosofía del desapego, el miedo a la muerte es enormemente reducido, y en muchos casos eliminado. La idea de unión del hombre con el cosmos hace que se vea a la muerte como algo incapaz de inspirar temor.


Con la resurrección

1. La idea de la resurrección, unida a la de la inmortalidad del alma, hace que el miedo a la muerte quede enormemente paliado. Para muchos es un consuelo pensar que la muerte no es capaz de separarnos de nuestros seres queridos.

2. La resurrección, unida a la idea del cielo y el infierno, da un sentido de justicia al mundo, y para muchos es un aliciente para hacer el bien.

3. La resurrección, unida a la inmortalidad del alma, el cielo y el infierno dan un panorama escatológico completo, el cual es sumamente útil para la mayoría de las personas, pues normalmente se suele querer que la vida propia sea algo especial. Estas ideas proporcionan a muchos un sentido de la vida, les da un propósito y los hace sentir bien. Sentirse especiales en la vastedad del universo es mejor que verse a sí mismos como algo sin importancia trascendente. Y no interesa si la bienaventuranza es falsa, sino si es confortable y halagadora.



JUSTIFICACIÓN EMPÍRICA Y EVIDENCIA


De la intrascendencia y la inexistencia del espíritu

Todas las evidencias apuntan a que no existe el alma o el espíritu. Desde el punto de vista de la ciencia se trabaja desde un esquema materialista. En principio, se podría pensar que esto excluiría injustificadamente y a priori cualquier evento sobrenatural, de modo de sería una petición de principio y una prueba circular, bajo las cuales los escépticos asientan sus asertos. Pero sucede que no es así, ya que quienes objetan el materialismo olvidan algo primordial: Todo aquello que interactúe con la materia debe ser materia. Y todo aquello que afecte a lo físico debe ser físico también.

Ante esta verdad práctica, los inmaterialistas afirman que esto es precisamente el ejemplo de petición de principio, pues no se podría decir que solo lo físico afecta a lo físico, pues lo no físico podría hacerlo también. Pero un observador imparcial con un mínimo de honestidad intelectual podrá darse cuenta que esto es solo un intento de dar validez a algo que no lo tiene. ¿Por qué? Porque quien afirme lo sobrenatural es quien debe probarlo, y no solo afirmarlo por descarte, por fe, y por la (pretendida) imposibilidad de demostrar la inexistencia de lo inmaterial. Quienes objetan lo inmaterial, lejos de querer demostrar lo inmaterial y lo sobrenatural, pretenden hacernos creer que afirmarlo es posible por el solo hecho de dudar de la ciencia y el materialismo. Pero se les olvida algunas cosas: Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias; lo que se afirma sin pruebas puede negarse sin pruebas; el que afirma es el que prueba, no el que niega; y que algo no sea cierto no significa que lo contrario lo sea, pues pensar así es cometer la falacia de bifurcación. En el mejor de los casos, el actuar de los inmaterialistas pretende desprestigiar a la ciencia, al materialismo y al escepticismo, para que cuando las personas vean los dos lados de la moneda, piensen mal del último y se inclinen por el primero. Esa es la forma de actuar de quienes quieren hacer asar por verdades sus racional y empíricamente injustificadas convicciones. Quien pretenda desvalorizar a la ciencia para que no pueda decir nada en contra de lo inmaterial está siendo intelectualmente deshonesto. Y lamentablemente esta es la forma en cómo actúa la mayoría de los creyentes, en especial los fanáticos. Por eso es hoy más importante que nunca el librepensamiento, pues nos hace conscientes de que la realidad es diferente y no tiene nada que ver con nuestros deseos. Y partiendo de este punto es como podremos hacer un análisis honesto, justo, crítico, imparcial y estructurado de lo existente, vale decir, un análisis científico.


De la reencarnación budista

La reencarnación tradicional carece de pruebas, y es imposible desde el punto de vista científico. No podía esperarse otra cosa de una religión, pues su base es la exaltación de lo indemostrado. Por el contrario, la reencarnación budista es una forma poética de decir que somos materia en movimiento y en un continuo devenir. También puede tomarse literalmente, y creer que el universo es un ente vivo, en el cual todos habitamos y del cual todos compartimos la vida. La primera visión es de tipo figurado, la segunda de tipo literal. Bien, la visión literal no tiene pruebas; es más, es imposible, pues el universo no puede ser un ser viviente, menos aún puede tener un espíritu universal. Quien afirme tales cosas tiene el deber de probarlas, sin embargo, le será extremadamente difícil, sino imposible, pues los mecanismos de los seres vivos son similares, y por ende estudiables. Y no hay nada en el universo asimilable a una mente o un organismo. La visión figurada es bastante asimilable al materialismo moderno, y siempre y cuando no tenga pretensiones de convertirse en un culto a la abstracción, puede considerarse correcta.


De la resurrección

Esta, a diferencia de las dos anteriores, es la que menos pruebas tiene. Desde todo punto de vista, excepto el fideísmo, es imposible. La reestructuración mágica de un cuerpo es físicamente imposible. Menos aún la de millones y millones de ellos. Mucho menos aún la restauración de la memoria de millones de personas en cuerpos nuevos. Científicamente es imposible, pero quienes creen en ella le toman poco aprecio a la ciencia en este asunto, y normalmente también en muchos otros. A final de cuentas, se cree en la resurrección no por las pruebas a su favor, que no existen, sino por el deseo de que lo esperado sea correcto.



CONCLUSIÓN

Este artículo ha sido un esfuerzo por tratar de esclarecer las más importantes diferencias entre el ateísmo, el budismo y el cristianismo en cuanto a lo que significa la muerte y lo que sigue de ella. Las diferencias son ostensibles, irreconciliables y complejas. Personalmente, como ateo, me siento inclinado a materialismo, y en especial al fisicalismo, pues de entre todos es el sistema que tiene mayor poder explicativo, y cuenta con las mejores (por no decir las únicas) evidencias de entre todos. Queda a criterio del lector decidir entre una de ellas, pero extiendo una sugerencia a todo aquel que busque la verdad y la correcta comprensión de la realidad: ¿Qué es mejor: Una idea reconfortante, divina y consoladora, pero carente de pruebas y cuyo único sostén es el deseo y la irracionalidad; o una que, aunque fría, nos acerca y nos une al cosmos, haciéndonos partícipes del mismo, y hasta cierto punto maestros del mismo, al obtener el verdadero conocimiento de él? Toda idea que requiera fe para aceptarse; que rehúya de las evidencias y el análisis crítico, escéptico y racional; que banalice el conocimiento y el esfuerzo humano hasta el punto de considerarlo herejía y locura ante un dios, y de apreciar lo estúpido e ingenuo como el non plus ultra de su filosofía de vida; una ideología como esa no nos puede llevar a nada bueno. Y ya saben de cuál estoy hablando.

7 comentarios:

Giovanni dijo...

Ahora entiendo lo que has dicho acerca de que uno puede vivir sin preocupaciones. Para mi el vivir por uno mismo me ha dado un significado para poder seguir adelante en mi transcurso de mi vida. Ya había renunciado a esta idea de que uno tiene que vivir de la presencia de un ser imaginario y hacer según su voluntad me sentía al principio dudoso por que en realidad no estaba del todo creíble. Pero ahora gracias al Internet, leyendo de tu blog y todo lo demás me he dado cuenta de que es mejor vivir con un pensamiento libre de dogmas. He leído estas dos entradas y me pareció muy interesante. Gracias a usted por dar una explicación bien precisa y concienzudamente.

Rodolfo Plata dijo...

BUDHA Y CRISTO ENSEÑARON LA MISMA DOCTRINA Y PERSIGUIERON LOS MISMOS FINES: LA TRASCENDENCIA HUMANA Y LA SOCIEDAD PERFECTA: Budha es un iluminado, instruyó la doctrina; Cristo es la luz misma, ilustró lo que es la trascendencia humana. La búsqueda de la paz, la felicidad y la libertad es legítima en el ser humano. Pero sólo podemos alcanzarlas a través del auto descubrimiento, conociendo nuestros defectos y eliminándolos. Desarrollando nuestras virtudes y facultades latentes. La comprensión de los fenómenos espirituales que se dan en los estados alterados de conciencia, para sanar el alma de sus heridas profundas, y propiciar trasformaciones convenientes para si mismo y la sociedad, mediante prácticas terapéuticas que armonizan el cuerpo, la mente y el espíritu. Son interés primordial del misticismo: budista, cristiano, hinduista, sufí, la filosofía clásica y moderna y la psicología clínica. http://www.scribd.com/doc/42618497/Imperativos-Que-Justifican-y-Exigen-Urgentemente-Un-Nuevo-Enfoque-Del-Cristianismo

diego dijo...

Afirmar que Buda es solo "un iluminado y Jesus la luz misma" es colocar una especie de estatus en materia religiosa. Equivale a decir: "si, Buda es importante pero Jesus le gana". Tal cosa solo puede ser sostenida, por supuesto, por un creyente en Jesus. Personalmente, encuentro muy superior la lucha contra el dolor budista que la lucha contra el pecado cristiana.

Anónimo dijo...

@diego
NO leí toda esta seccion, sí la anterior. Decís que no crees en la "existencia inmaterial" y de ahí arrancas una serie de razonamiento... Ok, alguna vez participaste del juego de la copa? Por supuesto que no lo recomiendo, ya que cada quien se haga cargo de lo que atrae desde otras regiones celestes, Pero vos me parece que escribis demasiado teorizando y negando supuestas pruebas, cuando en realidad tenés a mano cómo poder comprobarlas.
Cuando compruebes verás lo fútil que fue haber escrito tanto en topicos desacertados.
Por otro lado es IMPOSIBLE negar una inteligencia superior para coordinar toda la evolucion de las cosas... eso para es Dios.

Rodolfo Plata dijo...

JAQUE MATE A LA DOCTRINA JUDAIZANTE DE LA IGLESIA. El análisis racional de los elementos que integran la triada pre-teológica judeo cristiana, nos permite: ___criticar objetivamente el profetismo judío y la cristología de San Pablo, que estructuran la doctrina judaizante de la Iglesia; visualizar nítidamente que el profetismo judío es opuesto a las enseñanzas de Cristo; visualizar la omisión capital que cometió Pablo en sus epístolas al mutilar al cristianismo de la doctrina más importante para la humanidad. Desechando la prueba viviente de la trascendencia humana patente en Cristo, que se alcanza practicando las virtudes opuestas a nuestros defectos hasta adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos). Disciplina que nos da acceso a los contenidos meta concientes, y potencialidades del espíritu__ Y la urgente necesidad de formular un cristianismo laico enmarcado en la doctrina y la teoría de la trascendencia humana (sustentada por filósofos y místicos, y su veracidad comprobada por la trascendencia humana de Cristo); a fin de afrontar con éxito: “el ateismo, el islamismo, el judaísmo, el nihilismo, la nueva Era y la modernidad”, que amenazan con sofocar al cristianismo. http://es.scribd.com/doc/73946749/Jaque-Mate-a-La-Doctrina-Judaizante-de-La-Iglesia

Kenpo dijo...

¿ Qué opinan de las investigaciones realizadas por Ian Stevenson ?

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